Nos perdemos de camino a casa tantas veces…

Dejamos en la cuneta de la vida las ganas y acrecentamos los vertigos cuando nisiquiera hemos subido a la montaña.

Así somos,despistados con nosotros mismos,con nuestras convicciones.

Renegamos del amor por miedo y huimos del desamor por cobardes.
Y mientras huimos nos perdemos también lo bueno,lo que ocurre por primera vez y no ocurrirá más veces de la misma forma.

Nos perdemos nuestras sonrisas porque otros lloran cerca.Y las borramos para que otros entachonen sus despechos y dibujen corazones a medias.

Nos desorientamos tantas veces por el miedo a lo desconocido que nos anclamos al pasado para no acabar siendo un barco a la deriva cuando paradojicamente ya teníamos el agua al cuello.

Se nos olvida observar las montañas,oler las flores,acariciar la vida,sentir el soplo de aire fresco a través de la ventana y despeinarnos sin argumentos.

¡Cómo nos cuesta despeinarnos y no sentirnos ridículos! 

Sentirlo todo intensamente,desinhibir nuestras pasiones y preescribir a otros nuestras razones indiscutibles.

Somos tan cobardes con nosotros mismos que preferimos ponernos en la cola de la vida a que nos lleguen las migajas de la felicidad.

Nos escondemos para que otros no vean que nuestro corazón late más fuerte y nos falta ese aire que necesita el alma para respirar.

Y cuando nos llega la burbuja de oxígeno o empieza a soplar el viento a nuestro favor salimos corriendo en otra dirección por miedo a los fracasos que alentamos de antemano influidos por lo caduco de lo ya vivido.

Nos tropezamos tantas veces con nosotros mismos,que nuestras propias zancadillas son las más peligrosas en la carrera de fondo,en la ruta hacia nuestros sueños,en los atajos cuando el amor nos asalta en medio del camino.

Nos mimetizamos con la pena porque creemos que no debemos ser felices mientras otros solo miran,y entonces perdemos las oportunidades,perdemos las ilusiones que antes fueron el motor de nuestra vida,perdemos los motivos para querernos como merecemos.

Y no nos damos tregua.

Nos desvestimos donde hace más frío y nos autocastigamos si atisbamos que tenemos una nueva llama que avivar,un nuevo perfume por oler,un nuevo beso por sentir,una nueva historia por escribir…

Nos asustamos si lo que llega a nuestra vida nos atrapa más fuerte,nos pinta con colores más vivos,nos encandila con una magia inusitada.

Y así, con tanta torpeza refrenamos cada paso y dejamos de vivir eso que es tan nuestro,eso que nos pertenece,eso que nunca vuelve.

Quizá el amor de nuestra nueva vida.

El tuyo y el mío.

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