Había una vez en un país muy lejano una princesa chiquita. Ella no era igual que el resto de las princesas. Su pelo no era rubio y no le gustaban los príncipes hermosos.

La princesa nunca vivió sola en su castillo, era una princesa que necesitaba estar rodeada de gente: de otras princesas chiquitas en las que pudiera confiar, de bufones que la hicieran sonreír, de caballeros que supieran entender que ella no era una princesa usual, que ella era una princesa distinta.

La vida de la princesa chiquita siempre fue muy tranquila y ordenada, aunque su inseguridad nunca la dejo mirar desde su torreón con firmeza y el miedo a salir desde su castillo al reino de los mortales le aterraba.

La princesa chiquita aprendió muy pronto a leer y escuchó muchos cuentos de su mamá con historias de otras princesas chiquitas. Siempre supo que las princesas debían ser responsables y cabalgar evitando los riachuelos que se cruzan en el sendero. Pero la princesa chiquita también tenía miedo a nadar y cruzó más de una vez los riachuelos con los ojos tapados sin saber si al tropezar podría volver a levantarse.

No quiso saber si podría nadar o no y finalmente dejó de cabalgar por el sendero donde había riachuelos profundos pero también había paisajes hermosos que disfrutar con la mirada y se los perdió por su cobardía.

La princesa chiquita se fue haciendo más pequeña porque al no cabalgar no se podía alimentar de los frutos que había en el sendero y al dejar de fortalecer su cuerpo dejo de fortalecer su alma. La princesa chiquita siempre tuvo ilusión y sonrisas para regalar.

Un día de invierno descubrió el amor que procesaba a un príncipe. Le llamaban el príncipe protegido. La princesa chiquita aprendió a sentir el amor y a reconocer las mariposas que revoloteaban en su estómago. Ella sintió el hormigueo del primer beso y aprendió a compartir los momentos buenos y menos buenos en aquel reino lejano.

La princesa chiquita no supo entender que el amor era cosa de princesas grandes y que ella era chiquita…Un día el príncipe protegido se cansó de los cambios de humor de la princesa chiquita y de ser el único príncipe de la princesa, pues el príncipe protegido era también chiquito.

Una tarde de otoño el príncipe protegido se marchó sin decir adiós, y la princesa chiquita enfermó pensando que sin el príncipe protegido moriría irremediablemente. Pero la princesa chiquita era más fuerte de lo que pensaba y aunque estuvo años esperando a  que su príncipe volviera a buscarla y aunque pasó los años escribiéndole cartas que nunca contestó, al fin se dio cuenta de que el amor del príncipe protegido ya no era correspondido y que se había marchado al reino del Adiós ,  y jamás volvería a ser su príncipe.

La princesa chiquita decidió marcharse a la montaña para meditar, para respirar el aire puro de la serranía y poder olvidar al primer príncipe de su vida.

La princesa chiquita volvió a sonreír y volvió a ser la princesa feliz y risueña que disfrutaba de cada momento y se ilusionaba por cada detalle y cada situación que acontecía en su vida.

De nuevo, un invierno nevado conoció a un príncipe en lo más alto de la montaña. Aquel príncipe era muy distinto al príncipe protegido pero aquel descubrimiento fue mágico para la princesa chiquita. Ella nunca quiso creer que se había enamorado de nuevo, pero la montaña fue el escenario de un nuevo beso, el segundo beso de la princesa chiquita con un príncipe apuesto que supo rodearla con sus brazos como ella nunca había experimentado.

Con el príncipe apuesto la princesa chiquita descubrió nuevos horizontes, nuevas formas de mirar el paisaje, nuevas formas de saborear los frutos de aquella serranía.

El príncipe apuesto y la princesa chiquita dejaron la montaña para volver al reino lejano y compartir juntos las aventuras viajando por distintos castillos y viviendo mano a mano el sabor dulce y amargo de la vida de las princesas.

La princesa chiquita aprendió a compartir, aprendió a controlar su mal humor y aprendió a cuidar al príncipe apuesto para que no sé marchará al reino de Nunca Jamás.

La princesa chiquita siempre fue insegura y siempre tuvo un carácter muy fuerte.

Un día descubrió que ella no podía estar encerrada en el mismo castillo de siempre en un reino que era el de siempre…

Una tarde de otoño la princesa chiquita se fue a pasear sola sin el príncipe apuesto y en vez de seguir el mismo sendero que había seguido siempre descubrió entre la maleza un nuevo camino empedrado.

La princesa chiquita no era muy aventurera pero siempre fue muy curiosa así que decidió caminar con un rumbo nuevo por aquel camino desconocido.

En aquel paseo descubrió que había más seres en su reino; estaban las hadas que siempre volaban por encima de la princesa chiquita, estaban los elfos que se escondían en los árboles para no ser vistos, estaban los dragones que intentaban asustar a las princesas…; pero la princesa chiquita siempre seguía su camino sin mirar atrás.

Cada tarde la princesa chiquita regresaba de nuevo a aquel camino empedrado para conocer nuevos seres que la dejaban entusiasmada con sus historias.

Una de sus muchas tardes de paseo la princesa chiquita conoció a un príncipe que estaba solo sentado en un banco, mientras a su lado el resto de príncipes luchaban amistosamente a caballo. La princesa chiquita tuvo curiosidad al ver aquel príncipe tan solitario y se acercó a él para mostrarle su sonrisa y conversar amigablemente.

Aquel príncipe era un príncipe peculiar y siempre estaba solo alejado del resto de seres de aquel camino empedrado. Se le conocía con el nombre del príncipe solitario porque nunca se juntaba con otros príncipes ni tampoco se le conocía ninguna princesa que hubiera querido compartir su soledad con él.

La princesa chiquita logro que el príncipe solitario le hablase y abriera su corazón solitario. El príncipe solitario poco a poco fue confiando en la princesa chiquita pues todos los días se veían a la misma hora al amanecer y pasaban largas jornadas juntos hablando de los seres del camino empedrado y jugando al escondite.

 La princesa chiquita un día se dio cuenta de que se había escapado por aquel camino empedrado porque la vida con el príncipe apuesto era muy monótona y necesitaba vivir nuevas emociones y jugar a no ser vista y a ser una princesa presumida.

El príncipe solitario no siempre jugaba con la princesa chiquita, a veces ella lo esperaba pero él no aparecía. La princesa chiquita le enseñó que podía relacionarse con los demás seres aunque fueran de otros reinos y así el príncipe solitario poco a poco se fue alejando de la princesa chiquita. Ella nunca supo que fue lo que asustó al príncipe solitario, pero la princesa chiquita engañada por su propio corazón, ofreció todo a aquel príncipe  pero él nunca supo reconocer que la princesa chiquita no era una princesa cualquiera, era una princesa especial y su cobardía le hizo desaparecer, quizá al reino de lo Desconocido.

Un día que estaban jugando al escondite, el príncipe solitario se perdió y nadie más supo más de él.

La princesa chiquita lloró amargamente pues ella le había entregado toda su confianza y el príncipe solitario se la había llevado a otro reino sin valorarla como un tesoro. Entretanto la princesa chiquita también había conocido a otro príncipe en el camino empedrado, era un príncipe muy seguro y coqueto. Aquel príncipe venía de otro reino muy distinto, el Reino de las Monedas de Oro. Se hablaba de que era un reino lleno de castillos dorados pero que era un reino muy superficial donde nada era lo que parecía.

La princesa chiquita se hizo amiga de este príncipe lejano pues se reían mucho juntos y eran de reinos tan distintos que las historias de ambos eran muy divertidas para compartir.

La princesa chiquita equivocadamente había olvidado en sus paseos al príncipe apuesto aunque él nunca había dejado de estar en su corazón.

El príncipe del Reino de las Monedas de Oro era muy especial para la princesa chiquita, él siempre tenía una palabra de ánimo y un piropo para ella. Compartían buenos ratos en aquel paseo empedrado y cuando el príncipe del Reino de las Monedas de Oro no salía a pasear la princesa chiquita le echaba de menos.

Un día la princesa chiquita descubrió que el príncipe del Reino de las Monedas de Oro había enfermado y la princesa chiquita se puso muy triste y desde entonces  tuvo miedo a perderlo para siempre.

El príncipe del Reino de las Monedas de Oro dejo de salir a pasear con la princesa chiquita y volvió  a su reino de castillos dorados aunque la princesa chiquita supo que él nunca la olvidaría aunque se escucha en el reino que su amistad nunca se supo si fue verdadera.

La princesa chiquita  intentó recuperar a su príncipe apuesto y dejó de pasear por el sendero empedrado para salir a pasear con su verdadero príncipe.

 El príncipe apuesto le enseñó la importancia de la constancia y del amor incondicional y así pasaron los meses viviendo de nuevo en el castillo que había sido testigo de su amor verdadero.

 El príncipe apuesto un día dejó de ser el mismo príncipe confiado y entregado y la princesa chiquita se puso muy triste pensando en que quizá aquel príncipe no era el príncipe de su vida, ese príncipe que te enseñan a querer desde pequeñita.

La princesa chiquita volvió a pasear sola, pues su príncipe viajaba a otros reinos continuamente.

Un día soleado la princesa chiquita paseando encontró una pequeña cueva escondida por la vegetación y la curiosidad otra vez la pudo, así que entró para ver que había en aquella guarida secreta. Al entrar se encontró con otro príncipe que estaba congelado de frío,a pesar de que el día estaba soleado. Aquel príncipe era el príncipe de hielo, casi nadie lo conocía puesto que había llegado de un reino muy muy lejano…

La princesa chiquita había recorrido sola mucho trecho hasta llegar allí. Ambos se miraron y sonrieron porque por un momento el príncipe de hielo supo que la princesa chiquita le haría tener menos frío y así fue, aquella tarde la princesa chiquita imantada por un magnetismo inexplicable sintió un deseo irrefrenable de dar el tercer beso a un príncipe. El príncipe de hielo y la princesa chiquita compartieron alguna tarde más en aquella cueva, alejados de los otros seres del reino, sabiendo que aquel fuego se apagaría tarde o temprano.

La princesa chiquita beso y volvió  besar al príncipe de hielo y él la besó a ella pero el calor nunca pudo derretir la frialdad de aquel príncipe de aquel reino tan lejano y la princesa apenada retrocedió su camino, sabiendo que aquel príncipe había sido como un fantasma que aparece en la noche para demostrarte algo en el reino de las princesas confundidas.

La princesa chiquita nunca más volvió a salir a pasear sola y en su castillo lloró más de mil lágrimas, tantas lágrimas que el reino de la princesa se inundó para siempre.

El príncipe apuesto, aunque después de sus viajes nunca fue el mismo, supo entender el amor que la princesa chiquita le profesaba, supo entender su dulzura, su honestidad, su carácter emotivo y variable y su sinceridad y apresurado cortó el tronco de un árbol y juntos salieron de aquel reino inundado para vivir su historia, una historia verdadera en otro reino más verdadero.

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